En general, experimentamos una agradable
sensación de bienestar
ante ciertos efluvios.
Existe una conexión casi instantánea entre
aroma,
cerebro y emoción.
¿Qué se siente
cuando se huelen las páginas de
un libro nuevo? ¿Y cuándo se percibe el aroma
a pan recién horneado? ¿O el olor a tierra
mojada? Ninguno de estos aromas nos es
indiferente. Y ¿por qué nos hacen sentir así de
bien? ¿Son los genes, nuestra
historia personal
o cuestión cultural?
Pues la
explicación por la que un olor resulta
agradable a una persona, mientras que a
otra le
produce rechazo, incluye razones genéticas,
culturales y personales. Y
es que, el ADN de
cada uno nos predispone, tanto a reaccionar
manifestando
animadversión ante olores como
el de vómito, heces o podrido, como frente a los
aromas que emanan de ciertos alimentos o
platos de comida.
Dicen los investigadores del tema, que
se observa una conexión casi instantánea
entre aroma, cerebro y emoción. El experto
cree
que aromas como el de un libro viejo o a
tierra mojada nos encantan porque nos
gusta
leer o porque sentimos que nos conecta con
la naturaleza. Creo que los
olores no
son agradables ni desagradables.
Somos nosotros los que con nuestras
experiencias les damos esta calificación.
¿Qué ocurre en el cerebro de
aquellas personas
que carecen del sentido del olfato? Aunque este
trastorno
sensorial pueda parecer algo
anecdótico, lo cierto es que la anosmia, o
ausencia total de olfato, afecta al 2% de la
población mundial. La ciencia todavía no ha
estudiado esta circunstancia. Se ha podido
comprobar cómo después de
haberles extirpado
el bulbo olfatorio, los animales han
manifestado reacciones
hiperemocionales. Sin
embargo, esta conclusión no puede trasladarse
al ser
humano, porque, tal y como afirma el
experto: "No somos ratones
gigantes".