Toledo es pura leyenda y tiene muchas que contar. Hoy traigo una leyenda de amor y
tragedia, la leyenda de “Pozo Amargo”.
Y esto es lo que cuentan:
Muy cerca de la Catedral de Toledo y de la
Plaza del Ayuntamiento, entre la calle Ave María y el pasaje que da
nombre a esta historia, se
encuentra una pequeña plaza que alberga un pozo de piedra. Su antigua función era la
de proveer el agua a los toledanos, hasta que un día las lágrimas de una bella judía
convirtieron su agua en amarga.,.Allí, solitario, se encuentra el
pozo que fue testigo de amores imposibles.
Dice
la leyenda que, en este mismo lugar existía una gran casa con un frondoso
jardín en su interior que reflejaba la riqueza del lugar. La casa pertenecía a
uno de los judíos más ricos de su tiempo: Leví, un hombre de carácter serio y de gran creencia.
Un atardecer, mientras Raquel, hija de Leví, se encontraba en su habitación pudo escuchar unos pasos que se marcaban en el
empedrado de la calle.
Presurosa y curiosa, se asomó a través del aljimez y
allí pudo ver un caballero joven y hermoso con aires de nobleza, Fernando, un noble y apuesto cristiano toledano. Ambos cruzaron sus
miradas quedando prendados el uno del otro.
Esa noche Raquel no pudo dormir pensando en aquellos ojos. Surgió el amor, un amor prohibido debido a la religión y la posición social de cada uno de ellos. Una judía con un cristiano!!…
Raquel, consciente de que éste amor no sería aprobado por su padre la ocultó celosamente.
Se veían cada noche entre las sombras de los callejones aledaños al pozo que se encontraba junto a su
jardín.
Un día, un amigo de Leví vio a su única hija besarse con Fernando
y corrió a contárselo. Sin duda esta fue la peor noticia que pudo recibir Leví. Él,
que buscaba casar a su hija con algún judío importante de la ciudad…
Todo es silencio en la noche estrellada y lunar, sobre Toledo caen sonoras e imponentes las diez campanadas de la
noche. Don Fernando encamina sus pasos hasta detenerse junto a las tapias de un
frondoso jardín que circunda el palacio del potentado israelita Leví en la judería toledana. La noche en su silencio perfumado envuelve las fragancias de la juventud. La luna riela temblorosa al murmullo del surtidor del estanque del jardín.
Y allí,
fiel a su cita está Raquel, hija única del potentado judío. Don Fernando al
verla hace una cortés reverencia y asiéndose a las yedras y salientes escala
la tapia y va a reunirse con la amada al fondo del jardín.
La luna sonríe
funambulesca al ocultarse entre los jirones de tul de las
nubes arrancando destellos de una daga que describe una curva de muerte por
la espalda, directa al corazón de don Fernando.
Raquel da un grito al
tiempo que ve como su amor se va soltando de su cuerpo y cae al suelo.
Desde ese día, Raquel acude todas las noches a su
cita al brocal del pozo del jardín. Su blanca silueta destaca sobre el fondo
verdinegro mientras sus pálidas manos enlazadas descansan sobre el regazo.
Vierte lágrimas de amargura que caen al fondo del pozo, cuyas aguas se tornan
amargas.
Cierta noche,
en su desvarío y creyendo ver en las aguas del pozo la imagen de su
amado, la joven judía no pudo
soportarlo y bajo la luna que tantas noches había iluminado los rostros de los
enamorados, terminó
por lanzarse al pozo.
Y ésta es la leyenda que dio nombre a la Calle del Pozo Amargo, en cuya plaza hay una losa que cubre aquella poterna de aguas
amargas, de las lágrimas que en ella derramó la bella judía.